¿Dónde vas? Manzanas traigo.

Érase una vez un muchacho de pueblo que se llamaba Bernardo, pero como entenderás (más adelante) amigo lector, es un dato que lejos de ser interesante nos importa tres cojones. Como cada viernes, todas las semanas desde hacía un par de meses, caminaba por el bosque para ir a casa de su abuelita, que estaba en el bosque, por eso caminaba por él (por el bosque). Hacía frío y su madre, mujer sabia como casi todas las madres, le dijo: "sería conveniente que te abrigases antes de salir". Dicho y hecho, se puso su plumas, y sí, era rojo (retén este dato, será importante más adelante). Cuando estaba un poquito hasta los cojones de andar y quedaba poco para llegar a casa de su abuelita se cruzó con una amiga del insti y que, como era típico en ella, llevaba puesta una caperuza roja, era una compañera que tenía siempre en mente cuando iba al baño y perdía un poco de vista cada vez que salía tras tirar de la cadena, y sí, a su compañera le habían crecido muy pronto, y mucho, las tetas, y sí, es un dato irrelevante (para la historia, no para Bernardo). Al ver que iba en dirección contraria a casa de su abuelita (la de la compañera, no la de nuestro protagonista) le preguntó extrañado:

- ¿dónde vas Caperucita? (no me preguntéis por qué la llamaba así porque no lo sé)

- A lavarme el parrús al río, contestó ella sonriendo de manera un poco provocativa.

Perplejo por la respuesta (él esperaba una contestación algo más convencional del tipo: ¡a casa de mi abuelita!) dijo en voz alta, ¡joder, pues sí que ha cambiado el cuento!

Y así es amigo lector, esto se parece a un prólogo comme il faut tanto como la breve historia introductoria de Bernardo a un cuento clásico.

Pero dejemos de lado a nuestra pareja de amiguitos definitivamente (creo que ella, al volver del río, le dijo no sé qué da darle como a cajón que no cierra y hace días que andan desparecidos, ¡vete tú a saber haciendo qué!).

Pues sí, a estas alturas de la vida, y tras un paréntesis de 13 años desde mi última publicación en mi antiguo blog (y que no deberías haberte perdido), me meto en este lío de publicar de nuevo en un blog, quizás a contracorriente cuando ahora lo que prima es poner la cara, haciendo lo que sea, y enfatizo ese LO QUE SEA, con tal de tener su minuto de gloria y, sobre todo, lo que prima es la inmediatez y el no poder ni querer estar pendiente durante algo más de 15 segundos en leer y reposar lo leido, pero, como dijo aquél (vete tú a saber quién es ese aquél):

“la historia no la han escrito los cobardes”.

Este reinicio no es fruto de una epifanía, fue leyendo uno de mis numerosos libros de cine que alberga mi humilde biblioteca, concretamente Slashers, attention ça va couper... (Éditions Glénat/Vents d'Ouest. VV.AA. 2021), ahí recogían en la página 12 su LEXIQUE, un diccionario relacionado con el cine de terror que recogía 39 términos. No fue de inmediato, es más, no recuerdo ni cuándo ni dónde, me vine arriba y me pregunté “y si...” ¿y si amplio el diccionario? Llegados a este punto sólo podía contestarme: “sujétame el cubata”.

El titulo de la web, del blog (y de todo lo que surja alrededor de ambos) obedece a una simple cuestión, la suerte que tuve de pillar toda la década de los 80 (la mejor y posiblemente la más referenciada en este blog y en cualquier otro de cine de género que se precie) en plena (pre y post) adolescencia, desde los 11 hasta los 19 años (1981-90), y sí, ya sabes lo viejuno que soy, y es que se fueron para ¿nunca? más volver, las sesiones dobles y las sesiones únicas, por no hablar de una pequeña variante que se dio en los lejanos cines 80, cuando de repente, casi sin avisar, algún cine se marcaba un maratón de películas de terror. Recuerdo verlos publicitados en las páginas centrales del TP (edición Madrid me imagino) donde venía la programación de todos los cines de Madrid con todas las películas en cartelera, y sí, llorar de impotencia por no poder ir a esos maratones.

Desde pequeño, afortunadamente, tuve unos gustos un poco particulares, nada extraño pero no los habituales. Todo cristo en los recreos o en las colas que se formaban antes de entrar al colegio se cambiaban cromos, ¿de qué? De fútbol; pues nada, yo me hice colecciones de todo menos de fútbol, que nadie hacía y lógicamente me comía sin terminarlas. Aunque al final de los álbumes siempre te daban la opción de comprar los cromos sueltos que te faltasen (un número siempre limitado) nunca utilicé esa opción. Aún los conservo: inventos y descubrimientos, historia de los uniformes militares, superhéroes (fui un adelantado a la fiebre de marvel y recuerdo perfectamente que el cabrón de Shark fue el más complicado de conseguir) y, de la que estoy más orgulloso de todos, de baloncesto, de la liga 84-85 (en las páginas centrales venían los jugadores del oro olímpico de los ángeles 84).

No sé si habrá gente que lea esto y se haya dado cuenta de que algo no cuadra y lo busque o simplemente sepa que no es que haya mentido, es que no he sido muy preciso, me explico. Sí, España jugó la final de los Juegos Olímpicos de 1984 (10 de agosto de 1984 en Los Ángeles) y sí, la perdimos EE.UU. 96 - España 65), realmente nos llevamos la medalla de plata, pero hay que tener en cuenta que en aquella época el baloncesto yanqui (y eso que llevaban a sus universitarios) estaba a varias galaxias de distancia del resto del mundo, por lo que el oro se sabía era IMPOSIBLE, es decir, el oro era yanqui y el resto de equipos se pelearían por la plata.

Pero retomemos el argumento inicial, todo esto al fin y al cabo sólo sirve para contextualizar esa infancia un poco “solitaria” a la que había que sumarle tener 3 hermanas y ningún hermano con el que darte de hostias (ya me las daba con ellas, ahí no había la tontería del wokismo y reinaba una absoluta igualdad de sexos, te dabas de hostias cuando fuese y con quien fuese) hacía que el ir al videoclub a pillar pelis los fines de semana fuese una de las actividades que más me podía gustar. Que conste que en esa época, no nos equivoquemos, era un ser sociable, jugaba al baloncesto (es más, el primer año ganamos el campeonato y fui yo quien recogió el trofeo) y empezaba a interesarme por el sexo femenino. Mi mujer se sorprende y me dice que era demasiado pronto, pero ya con 10 años todos los de mi clase intentábamos tocar culo y teta, y aunque estábamos a años luz de su prácitca no nos eran ajenos términos como griego, francés o cubana (se ve que en mi época se le daba bastante más importancia a la geografía en los colegios que ahora). Veamos cómo se forjó ese amor por las SESIONES DOBLES.

Y aquí está el videoclub, pero el videoclub comme il faut, el videoclub en su máximo esplendor, el de mediados de los 80. Un negocio que fue destruido, fagocitado y excretado por engendros como Blockbuster y mierdas por el estilo que se cargaron los videoclubes de barrio.

Esos sitios mágicos donde te quedabas embobado viendo sus carátulas sin terminar de decidirte y donde al final en numerosas ocasiones te la colaban, maticemos, te la colabas a ti mismo obnubilado por esas caratulazas, y es que casi siempre que no ibas con una película en la cabeza y te dejabas influenciar por esas estanterías malignas, cogías la peli de carátula más espectacular y terminabas preguntándote en qué parte de la peli salía el dibujo de la portada y sobre todo, ¿por qué cojones habías cogido y visto esa mierda? Parar la cinta, sacarla y dejar de verla no era una opción, éramos cinéfagos. A posteriori, muy a posteriori, te dabas cuenta de que la calidad de la cinta era inversamente proporcional a la espectacularidad de su carátula. Basura infecta de rambos de tercera, pseudopornos de vergüenza ajena (aunque con 14 años necesitabas muy poco para “presentar armas” y darle un poquito a la alemanita...otra vez geografía europa al rescate) y terror, sobre todo terror, al fin y al cabo tenían todo lo que un adolescente podría desear ver en una película: musicón, sangre, tetas y pelito (que luego llegaron las porno del esteta Andrew Blake y se jodió el invento).

Aunque el videoclub me forjó como amante del cine de género he de confesar que como casi todos tuve mi etapa gafapasta (lógicamente este término era completamente desconocido para la época), lo que venía siendo ser un puto snob o un snod de mierda (tanto monta monta tanto). No es algo que se haga a propósito, yo creo que surge solo, y en parte gracias al hecho de crecer con sólo dos canales de televisión en los que la programación eran lentejas. Recuerdo que me encantaba ver las películas de La clave, pero es que me quedaba alucinando con esas personas adultas que sabían mucho y que llevaban esos pinganillos enormes para traducirles porque eran “sabios extranjeros”. O las películas de los sábados y domingos a las 15:30, que si te echaban un ciclo de pelis de Tarzán lo veías, si era de los hermanos Marx lo veía, que si te echaban en semana santa La túnica sagrada o Ben-Hur las veias. ¿Casablanca? La veías, Johnny cogió su fusil, Ciudadano Kane, Lo que el viento se llevó...las veías. Y luego gracias a esa ingesta indiscriminada (tampoco tenías un criterio que sirviese para hacer una selección) te calzabas auténticos clásicos como La noche del cazador o ¿Qué fue de Baby Jane?

Pero no sólo de tele vive el hombre, hoy disponemos de centenares de canales, plataformas, youtube, etc, los disponibles en aquella época eran recursos limitados pero haberlos los había. Y lo más curioso es que de todos ellos, los recuerdos cinematográficos van siempre van a asociados a películas de género, me imagino que porque son los que más impactan en la tierna infancia, pues sí, porque antes de la generación de cristal podías ver (como en mi caso y el de todos porque al día siguiente lo comentabas en el colegio y todos lo habían visto) con 8 años El exorcista y con 10 No profanar el sueño de los muertos y Pánico en el Transiberiano.

De entre las películas que a día de hoy sigo considerando obras maestras (y muchas de ellas entre mis favoritas) destacan 6 sobre todas ellas y que, como podréis comprobar, pertenecen a otra época, que no volverá y que probablemente viento el listado sorprenda, primero: el hecho de haberlas visto a temprana edad y segundo: que ningún progenitor acabase en la cárcel y/o perdiendo la custodia de sus hijos.

El primer recuerdo dew esa primera película de la lsista es muy especial, quizás por eso, por ser el primero (aunque todos tiene unas circunstancias de visionadado que las hace muy especiales). Fue en un cine de verano de mi pueblo, por situarlo por is hay algún lector complutense o que conociese la ciudadpor esa época, éste se encontraba en la avenida de guadalajara, muchísimos años más tarde instalaron ahí una oficina de desempleo, pero gracias a tantos años de sociatas tuvieroon que cerrarla y construir una muhcísmo más grande en otro sitio. Fue una maravilla, muy rústica, muy de pueblo, ¡qué maravilla!, ahora pasas por allí y no hay nada que recuerde su existencia pero gracias a dios yo estuve allí, con sus sillas de madera pintadas de verde y medio desconchadas, esa taquillla minúscula en la calle para comprar las entradas y otra no mucho más grande en el interior para comprar les bebidas y comida (patatas, cacahuetes y ya, nada de tumbarte en butacas atómicas con bandejas de nachos). Pues con dos cojones y 8 añitos me calzo la peli, que me tuvo sin dormir casi un mes y en posición fetal, ¿título de la joyita? Una pequeña pista (muy subjetiva si se quiere), es la mejor peli de terror de la historia: El exorcista. Un par de años más tarde (lo sé porque he consultado la fecha de emisión, y gracias a wikipedia vienen todas las fechas de todas las películas emitidas en su dos temporadas) nuestro amigo Chicho emitió la mejor película de terror de la historia del cine español (ojo, que en breve aparece la segunda). Fue una noche de noviembre (16 de noviembre de 1981) que casualmente vino acompañada en mi pueblo de una tormenta de cojones que provocó un apagón de varias horas (algo habitual en la época coincidiendo con fuertes tormentas), eso sí, al menos tuvo el detalle de irse poco después de terminar la peli para poder estar acojonado toda la puta noche. Ni el mejor guion prevé esta situación, ¿peli? No profanar el sueño de los muertos.

En este mismo programa, en la primavera del año sigueinte (ver y anotar la fecha exacta de su emisión) recuerdo llegar a casa de pasar la tarde haciendo el indio vete túa saber cómo (lo normal era salir del colegio a las17:30 y sin avisar ni decir nada, pillar el bocata, pirarte de casa y no llegar hasta las 9 antes de la cena). Pongo la tele y ahí está (la pille´emepzada, algo que me jodió durante ucho tiempo hasta que la pude ver completa), me quedo con el culo torcido, acojonado pero disfrutando muy bien sin saber porqué con esa ambientación, esos colores, esos actores (los conocía, los había visto ya en alguna de Drácula pero...¿qué cojones hacían aquí?). Sigo alucinando y ahora sale el calvo de Kojak, ¡pero qué cojones! Acaba la peli, me quedo enamorado para siempre con esta peli y me entero del título a posteriori: Pánico en el transiberiano. Vale, con ésta no recuerdo haber dormido mal, o ya estaba curtido en mil batallas (lo dudo) o había hecho bastante el indio por la tarde y caí agotado en el cama (casi que me decanto por esta opción).

Piesnas en lo que has escrito hasta ahora y podrías polantearte la siguiente duda, joder, pero si son métodos tradicionales y convencionales de ver películas (y en mi caso los únicos, mi Beta Sony no llegó a casa hasta casi un años depués) tele y cine, pues sí amiguitos, pero había otras formas de ver películas.

En EGB, todos los sábados por la mañana, se organizaban proyecciones de películas en el gimnasio del colegio, me imagino que el proyector sería de algún padre (o del colegio, no lo sé, daría un brazo por ver ese modelo de proyector que utilizaban). Pues bien, cabrían unas 200 personas, niños de entre 6 y 11 años y me imagino que algunos padres y profesores, yo iba solo puesto que el colegio estaba literalmente a la vueltad de la esquina de mi casa. Ya adelanto que al terminar la película, todo el mundo se fue tan normal y educadamente a su casa y el lunes volvimos al colegio como cualquier otro día, nadie dijo nada, nada pasó y nunca más se supo hasta que el siguiente sábado se proyectó alguna otra película. Todoe l mundo se calla, se pagan las luces y empieza la película: La carrera de la muerte del año 2000, ¡con dos cojnes ! Un hurra por el padre o profesor que pensó en esa peli y la puso. Esto pasa hoy en día y te digo yo que alguien pasa algunas noches en el calabozo.

Lllegamos al fnal de este pequeño paréntesis intentando explicar cómo me enamoré del cine de género, y quizás pueda resultar la más bizarra o por decirlo de otro modo, la menos convencional.

Nos situamos en pleno verano, detrás de casa, frente a mi colegio, había un descampado relativamente grande, algo muy habitual en ciudades grandes a medio crecer afianles de los 70 y principo de los 80. Pues algunas noches llegaba una familia de gitanos con la fregoneta... mentira, sería un camíón pequeño o una camioneta muy grande, más que nada por la infraestructura que desplegaban. Desplegaban una tela bastante grande que hacía las veces de pantalla de cine, con un montaje bastante rudimientario, pero que aguantaba (me imagino porque hubo suerte y no apareció alguna tormenta de verano con viento hipohuracanado). Fin de semana, hace calor, nadie duerme, todos despiertos tomanado algún helado en la terraza, empieza a haber movimiento, a mis padres no les apetece bajar, ¿medianoche?¿una de la madrugada? Pues que me bajo yo solo a verme la peli que toque, ¿9 años?¿10? No más seguro, sólo llevo muy poca vergüenza y pasta para echar en la cesta cuando pasen “el cestillo”. Aquí no vendían comida, si apretaba el hambre me acercaba a casa, cogía un bocata y volvía a bajar. Puede parecer algo loco hacer ese tipo de cosas, pero vuelvo a repetir, era normal, todo el mundo lo hacía y, como se suele decir, eran otros tiempos. Y aquí si que nos encontramos con dos auténticas joyas del género, un par de delicias gourmet: Matar o no matar y Kung-Fú contra los 7 vampiros de oro.

No hay más preguntas señorías. Si con estas pelis, y sus circunstancias especiales de visionado no acabas enamorado del cine de género no mereces vivir.

Bájate al bar de toda la vida, acóplate con tus amigos en la mesa que esté libre más al fondo del bar, llena la mesa de botellines y déjate llevar comentando esas películas que tanto os marcaron, que tango os gustaron y ésas que lleaásteis a ver tantas y tantas veces hasta el punto de aprenderos los diálogos de memoria, lo más probable es que el camarero os mire mal, porque él querrá cerrar ya y vosotros sólo habréis empezado.

Espero que lo disfruteis tanto como yo haciéndolo.

Visualízalo, porque eso es lo que es este libro, o lo va a intentar, es evidente que no me voy a meter en este tocho para que luego la información no esté: contrastada, confirmada, revisada, retocada y/o ampliada, pero sí es cierto que el primer manuscrito está hecho desde el recuerdo, que son muchos, no por complejo de oráculo sino por edad.

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